La afición colma estadios. Sitúa y despide entrenadores. Crea y elimina mitos. El aficionado hace largas filas para presenciar un partido. Desembolsa cada año para adquirir el nuevo diseño que vestirá su equipo. Divide su sueldo entre pagar la televisión por cable para ver los juegos en casa o las incontables cervezas que se bebe en los bares. Antes de dormir espera el final del soporífero noticiero para disfrutar de la sección deportiva. Duerme esperando el próximo partido y sueña con su equipo en lo más alto.
Las aficiones son diferentes tanto como las razas humanas. Cada equipo es una nación y cada nación tiene un origen diferente. La forja de cada equipo es una historia que todo aquél que pretende pertenecer al clan tiene la imperiosa obligación de conocer. Cobramos conciencia de nosotros mismos como aficionados con un pasado y un futuro, con historias individuales que dentro de un estadio se autoproclaman colectivas.
Como toda cultura desarrollamos símbolos. Nuestra religión se sustenta en instituciones llamadas clubes donde existen templos, reliquias y coros celestiales. Nuestros himnos también hablan de gritos de guerra, de héroes y conquistas. Una bandera nos hermana. El arte se aprecia en museos con nombres propios como el Camp Nou y el Emirates Stadium, donde el barroco desapacible que forja los candados defensivos sucumbe ante el impresionismo caracterizado por el denuedo de plasmar el toque y el espíritu ofensivo en el campo.
Pocas veces en un equipo existirá inconveniente en la conciencia de nuestra identidad. Siempre veremos un partido de fútbol con la creencia de que seremos parte de una victoria o tal vez de una derrota pero aceptaremos que a veces no queda otro remedio que quedarse sin lo uno y sin lo otro. Aceptamos también que cualquiera puede ganar y que no existen definiciones anticipadas. Todo se define en el campo. Hay David y Goliat, hay sorpresas y victorias épicas.
Jugar y ver fútbol ya es un triunfo a nivel estético. El fútbol dista millones de kilómetros de ser el opio de los pueblos. Su esencia está en armonía con lo cotidiano, con beber y comer y por tanto con la vida misma. Jugar es algo natural mientras que inhalar humo de hierbas es muy distinto de respirar, como ingerir pastillas lo es de comer.
A diferencia de otros placeres en la vida, el amor al fútbol debe, por denominación, cultivar el arte de la paciencia al ser este deporte una forma de entretenimiento que parte del dolor. Sólo uno puede ganar. Es sabido y aceptado que existirán épocas de sequía, épocas de humillación por parte de nuestra némesis y épocas en las que queramos cambiar de equipo. Pero como diría el sabio don José detrás de la barra de un bar: hay que saber digerir las derrotas para saber disfrutar más las victorias.
La invectiva femenina asume que un aficionado sólo ve a veintidós jugadores correr detrás de un balón. No obstante, sólo somos personas intentando escapar de un mundo que muchas veces carece de sentido o estructura, somos unos románticos. Como diría Nick Hornby: nos enamoramos del juego tal como cualquier chico se enamora de las mujeres: de repente, inexplicablemente, sin críticas de por medio y sin importar el dolor que ello traerá consigo.




You had me and you lost me. Generalizar no lleva a ningún lado amigo. Tú sabes que soy mujer y amo el futbol! Cada quince días veo apasionadas y apasionados enamorados en el estadio. Te invito cuando quieras! El futbol es tan bello que no excluye a nadie que quiera amarlo…