Marzo del 2008. Semifinal entre el FC Barcelona y el Celtic de Glasgow. Fiel a mi costumbre durante mi estadía en la Ciudad Condal acudí a ver el partido en el lugar de siempre. El bar La Cátedra, Gran Vía esquina Muntaner, no es ni mucho menos un lugar con gran ambiente para ver los partidos pero era el más cercano a casa y siempre le guardé lealtad. En esa ocasión muchos catalanes se sintieron atraídos por el juego e inclusive había clientes de pie. En el campo, el Barcelona parecía no tener problema en conseguir su pase a los cuartos de final de la Champions League.
Una noche con tintes de normalidad cambió a poco del silbatazo del medio tiempo. Corría el minuto 35 cuando Lionel Messi en una carrera en solitario se deja caer al césped y justo en el momento en que la cámara lo enfoca, su rostro denota desesperación, angustia, frustración y lagrimas. Nadie lo podía creer, se hizo un silencio eterno en el lugar al tiempo que todos pensábamos lo mismo en ese instante: por qué la mala fortuna se aparece ante el jugador que más disfruta estar con la pelota en los pies.
Dos años después, cada vez que uno prende el televisor y la cámara enfoca el rostro de Messi, lo primero que uno distingue es la sonrisa en el rostro del 10 baulgrana. Esa manifestación de regocijo y de felicidad del que disfruta cada minuto que está en el campo. Tal como un niño espera el recreo para disfrutar del juego, Messi espera semana a semana su cita con su mejor amiga en el lugar dónde se siente más feliz. Amable, divertido y bromista, el niño que no podía crecer es hoy el mejor del planeta.
Ser el mejor en el fútbol implica hacer todo bien. Driblar, tirar a puerta, meter goles, jugar espectacular, hacer jugar a los compañeros e inclusive rematar de cabeza. Sobre esto último, alguna vez se le preguntó a Guardiola, en relación a Messi, si para ser el mejor jugador del mundo no le faltaba remate de cabeza. Pep contestó: “os aconsejo que no lo pongáis a prueba porque algún día meterá un gol rematando de cabeza y os hará callar”. Profético, Messi cerró el año futbolístico con un gol de cabeza en la final de la Champions dejando preparada la alfombra roja para su designación como el número uno.
Messi sabe que los logros son producto de un trabajo en conjunto y su humildad se advierte en todo momento. Reconoce que todos juegan, desde el entrenador hasta los empleados del club. Asiente que todos son partícipes de lo mismo y que todos son igual de culpables. Messi ha crecido y se muestra en su decisión; en esa capacidad de actuar sin vacilación que se está transformando en valor. El mayor consejo de Guardiola cuando llegó a can Barça fue que Leo fuera feliz. En estos momentos se puede asegurar que Leo es el más feliz, tanto como asegurar que el Vichy Catalán brota de los manantiales de Caldas de Malavella.
Una silueta con el número diez en su espalda recorre últimamente Barcelona, un atisbo espectral que se cierne cada partido sobre el Camp Nou, resguardando los sueños y las esperanzas de los aficionados culés y dejando a su paso un rastro de goles en cuyo balón, escrito con letras doradas, se lee el nombre de Lionel Messi. Leo sólo entiende la vida con una pelota, es feliz estando con ella y sólo espera cada partido tanto como un niño en espera de un nuevo recreo.




