¡¡¡Ese es mi gallo!!!

Las peleas de gallos pueden ser para muchos un deporte, para algunos una tradición. Otros más podrán decir que son una muestra más de la crueldad humana. Son complejas de entender y difíciles de apreciar. No existen reglas escritas sobre la superioridad de un gallo ante otro. Cualquiera puede ganar. El único requisito es un rectángulo con arena y dos gallos peleando en una corta pero fatídica lucha que para nada carece de intensidad. Son pocos minutos en donde un gallo puede ser el ganador y morir al mismo tiempo.

Los palenques en México son de antaña tradición aunque su popularidad creció a raíz de los espectáculos musicales. Un gran número de ferias en el país, por no decir todas, refrescan a cada instante que en nuestro país las tradiciones cambian pero nunca pierden su esencia. Nuestro patriotismo queda patente en los colores verde y rojo que se siguen utilizando para definir bandos y gallos. Huelga decir que mis primeras experiencias en palenques fueron ante todo un complemento de la música ranchera y popular.

Hoy por el contrario tengo amigos galleros. En las ferias de pueblo las peleas mantienen el carácter tradicional y en los palenques no hay más espectáculo que el de dos aves intentando sobrevivir. El gallo nunca atacará con alevosía; sólo ataca como reacción a la agresión del que se sitúa en su frente. Su instinto de supervivencia es suficiente para atacar mediante navajazos e intentar subsistir en este mundo dónde los homo sapiens se aprovechan de su sufrimiento para conseguir incrementar el tamaño de su bolsillo.

No existen peleas sin apuestas así como no puede existir el fútbol sin porterías. Todo comienza cuando la báscula define a los participantes. Aquí no hay deshidratación salvo la que se ejecuta con el corte de plumas. Dar el pesaje correcto puede desprender al contrincante de una sutil pero en ocasiones necesaria capa de plumas.

Una pelea puede definirse por muchas circunstancias. La más común por su obvio propósito es el corte con la navaja que el gallo porta en una de sus patas. Lo cierto es que no existe estrategia cuando es la naturaleza quien pone las reglas del juego. El gallo sólo sale a defender su integridad, sus despistes le pueden causar una herida mortal pero cuando la pelea no tiene un ganador a simple vista, la destreza del “soltador” puede mantener a flote a un sentenciado a muerte y prolongar la batalla hasta el triunfo o llevarla al salomónico empate.

Ser gallero es un hobby o un estilo de vida. En los palenques mexicanos el olor a dinero flota en el ambiente y no entiende de crisis. Al final las apuestas son ante todo un vicio que logra llenar nuestra cartera o dejarnos en la banca rota. Se valen todo tipo de cábalas, desde salir de casa con el pie derecho o besar al gallo antes de salir a escena.

Creo que en las peleas de gallos no satisfacen nuestro interés por obrar sensatamente. No logramos conseguir ese consuelo. Para los que juegan exista  un pacto más profundo, antiguo y automático escrito en nuestra naturaleza. Es nuestro conflicto como mamíferos el disfrutar del salvajismo y el intentar ser mejor que los demás aunque para ello tengamos que disponer de aves de corral.

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