Hace algunos ayeres el pueblo mexicano tenía en Julio Cesar Chávez al mejor boxeador del momento. Después de la sorprendente derrota de Mike Tyson frente a James “Buster” Duglas, el mundo del boxeo puso su mirada a los pesos súper ligeros para constatar cómo el originario de Sonora comenzaba a forjar su leyenda frente a Meldrick Taylor. Una noche de 1990 un knockout técnico le valdría al Cesar del boxeo contratos millonarios pero sobre todo un lugar en la historia.
En ese entonces nuestro deporte parecía marchar por el camino del éxito. La selección mexicana lograba ubicarse como el subcampeón de América y Chávez accedía a una división mayor en busca de un nuevo título. En una era dónde el PPV era cosa de los nuevos ricos auspiciados por Salinas, los mortales teníamos que asistir en masa a los estadios de fútbol para poder disfrutar de la pelea mediante pantallas gigantes instaladas en el centro del terreno de juego.
Todos esperábamos ver como nuestro campeón alzaba nuevamente el puño en señal de triunfo. Las victorias de Julio se habían convertido en costumbre y su culminación produjo un estado de decepción del cual los mexicanos nunca más nos pudimos levantar. Nuestro campeón dejaba de ser el todopoderoso y la pelea con Pernell Whitaker fue sólo el comienzo del final para un boxeador que, a consideración de muchos, tuvo todo para seguir creciendo y conseguir más títulos. Como en toda historia de cenicienta deportiva, los excesos y las malas compañías fueron su peor rival, aquellos que lo vencieron antes de subir al cuadrilátero.
En la actualidad somos testigos del show de un boxeador que rememora al campeón mexicano pero que procede de las Filipinas. El devorador de mexicanos ha conseguido con humildad y esfuerzo lo que a Chávez se le negó. Tal es su popularidad que millones de personas salieron a las calles para conmemorar su victoria sobre el británico Ricky Hatton y tanta es su influencia que la Presidenta de su país convirtió esa fecha en día feriado.
Emanuel Pacquiao es un hombre honesto. Aquel que hace su trabajo con la mayor de las dedicaciones y que en sus palabras sólo busca hacer a la gente feliz no merece más que los aplausos de todo el mundo. La pelea del sábado pasado así nos lo demuestra. Un combate de esos conocidos en el argot boxístico como “de trámite” resulto ser más peleado que lo que las apuestas indicaban. Pacman salió a pelear como si se tratara de un nuevo campeonato mundial, salió a ofrecer el show que sólo él en estos momentos nos puede ofrecer. En cada round y en cada golpe sobresale el ahínco de aquél que desea ser el mejor; de aquel que antes vendía donas y botanas en las calles de Manila; de ese hombre filipino que durante sus peleas reduce el índice de criminalidad en su país.
Su último gran reto antes de entrar en la escena política parece estar por llegar aunque seguimos a la espera de su confirmación. La pelea con Floyd Mayweather podría consolidarlo como el mejor de la década o anquilosarlo. Sería una lástima que el mundo se perdiera de una pelea así. Y es que Manny nos transporta en el tiempo y despierta en sus peleas el conjunto de emociones y recuerdos olvidados de una época gloriosa cuando pagábamos un boleto para ir al estadio a ver peleas de box en pantallas de televisión.



