Santas Inundaciones

En el pasado las catástrofes naturales se entendían como castigo de los dioses. Hoy en día los desastres en nuestro país tienen una explicación urbanística, consecuencia de malas decisiones de aquellos políticos que se dicen gobernantes. Valle de Aragón, colonia donde vivo, se inundó la semana pasada. Muchas familias fuimos víctimas de las fuerzas de la naturaleza y de la pésima gestión del recurso financiero por parte del gobierno, con lo que en menos de cinco minutos se nos arrebató nuestro patrimonio, pero lo qué es peor, nuestra confianza e intimidad. Huelga decir que en estos días es sostenible esa idea generalizada de que la política es la maldición de la era moderna, al igual que la religión lo fue de las antiguas.

Pero no todo siempre es drama y fatalismo. Ese mismo fin de semana en otro país se llevó a cabo el juego maestro del fútbol americano. Los intratables y experimentados Potros de Indianápolis buscaban forjar su leyenda y dinastía frente a los explosivos y primerizos Santos de Nueva Orleans. Más que un juego de equipos competitivos, el Súper Tazón tenía tintes de una batalla dispareja dónde la incógnita era saber cuántos puntos de diferencia tendría el marcador final a favor de Indianápolis.

Sin embargo los Santos no son un equipo cualquiera. Un equipo que enfrentaba por vez primera el juego final debía salir a buscar la inmortalidad a cualquier precio. Y así lo hicieron. Jugada tras jugada demostraban el ímpetu y la ambición necesaria en un equipo campeón. Un grupo de jugadores concentrados en su objetivo que derrotaron en todas las categorías al rival y que de forma indiscutida son merecedores del título. Sobran las eternas comparaciones con David y Goliat pero mientras que en aquella anécdota el triunfo se disfraza de oportunismo,  el triunfo de los Santos de Nueva Orleans es sencillamente sinónimo de grandeza.

Para Indianapolis la derrota es una nueva lección de humildad. Su quarterback podrá ser el mejor jugador dentro del campo de la última década pero no ha conseguido guiar a su equipo al trofeo Vince Lombardi. La historia de Peytton Maning podría ser una tragedia pero al final no lo parece tanto. Oriundo de Nueva Orleans, su padre es uno de los grandes mariscales de campo que la ciudad del Jazz ha visto pasar. Manning le deberá toda su gloria deportiva a Indianápolis pero su corazón siempre estará con el equipo de su infancia.

Fingiendo que la memoria está desplegada como un periódico en primera plana aparecen dos notas en diferente tiempo. La primera es la devastación del huracán Katrina y los enormes daños que ocasionó. La segunda es el resurgimiento de una ciudad de la mano de su mariscal de campo Drew Breese y la conquista de su primer Súper Tazón.

Debo confesar que antes de la desventura acuática en mi colonia, mí favorito era Indianápolis. Después de la catástrofe y en espera de la calma sentí una especie de vínculo íntimo con los Santos. Un equipo que representa a todos aquellos que un día reconstruyeron su ciudad merece mi admiración y una identificación con los mismos.

No mucho tiempo después, viendo desde un sofá ajeno el Súper Tazón, sólo queda en la memoria de un damnificado un par de momentos de crisis,  un recuerdo indistinto de la trama y una sensación general de calma. Por un instante, los Santos de Nueva Orleans se convirtieron en los Santos de Valle de Aragón.

About the Author