El periodismo ha dejado de ser una actividad edificante y honesta. Vicente Leñero, autor del libro Los Periodistas, ha dicho que en nuestro país la labor de investigación ha quedado en el olvido; los reportajes se hicieron cosa del pasado cuando se descubrió que se podía vender el mismo tiraje publicando declaraciones de políticos. Para ejercer el periodismo en la actualidad sólo debes tener la capacidad de crear pasteles de aburrimiento o ser fanático de los deportes extremos y arriesgar tu vida frente al narcotráfico.
Actualmente la materia prima de las noticias no es otra que los excesos del comportamiento humano en cualquiera de sus presentaciones. Lo peor es que estamos ya sobradamente acostumbrados a ello. Alcanzar la verdad se ha convertido en una odisea que sólo despierta interés en pequeños morbosos ávidos de constatar el estado puro que guarda nuestro país.
El fútbol no está exento de esta coyuntura. Los periodistas, reporteros y comentaristas han cosechado en los últimos tiempos el don de hablar de cualquier tema sin decir nada memorable ni profundo. En nuestro país la pelota tiene dueño y se llama Televisa; fueron ellos los que durante el mundial tenían las exclusivas, las entrevistas a destiempo de los entrenamientos pero a tiempo para los noticieros.
Para los demás miembros del gremio, entrar a la concentración de la selección fue tan difícil como conseguir una entrevista con el Chapo Guzmán. La verdad se quedaba allí, entre los que ganan el dinero explotando la imagen de los seleccionados, los que tenían como tarea crear un romanticismo ficticio entre el aficionado y el equipo. Los poderes fácticos ya no están del lado del aficionado; la selección nacional es un producto vendido al mejor postor.
En la ciudad la policía agarra a un joven por fumar y la prensa intenta convertirle en súper traficante. En Sudáfrica un entrenador fue tratado como estrella de rock hasta que después de cuatro partidos la prensa lo convirtió en un miembro más de la Familia Michoacana. Luego le echan la culpa a la sociedad por haber hecho de él un héroe, a las autoridades por haberle dejado en el puesto, al comercio por no haberle tratado con respeto, al fútbol mismo por haberlo acogido. Al final y tras otro fracaso, el espectador no sabe si el entrenador fue víctima de las circunstancias o víctima de su ego.
Rumores no han faltado. Algunos manifiestan que Aguirre se vendió a los directivos; otros argumentan que el verdadero entrenador era Carrillo; muchos más dicen que Franco, Pérez y Aguirre son amigos con derechos. Se llegó a rumorar que Guardado no quiso calentar al entrenador y por eso se quedó calentando la banca, que los lavolpistas tenían un grupo ultra secreto patrocinado por los Iluminati, que alguien vio que Aguirre en realidad tiene tres cabezas o que la dieta de los aztecas estaba diseñada a base de sándwich.
Cuando el romance acabó, comenzó la conspiración; estoy convencido que somos el único país con una selección de ficción. Nos alimentamos de desdicha y conflicto; necesitamos traición y complot. Los medios no requieren que la gente interprete el mundo de un modo distinto al suyo y para eso invierten millones de pesos en crear la atmósfera ad hoc.
Basta ver el éxito de ventas que tienen las historias de conspiración una vez terminado el mundial para constatar nuestra fascinación por la revelación de secretos. Yves Michaud definió a un best-seller como un producto industrial para la venta masiva, con todos los medios de promoción y marketing, distribución y venta. El destino de nuestra selección ya estaba escrito mucho antes del mundial. El fútbol quedó en segundo plano, el objetivo siempre fue vender.



naaaa azul te he leido mejores columnas, regresa a los origenes o perderas un abido lector!