Washington es orgullosa del museo Smithsoniano pero en Nueva York se ubican las mejores obras de arte entre el Museo Metropolitano y el Museo Guggenheim. California es inmortalizada por un letrero con la palabra Hollywood situado en la cima de un parque Griffith pero Nueva York es dueña del símbolo nacional de la liberación y la emancipación perpetuado en la Estatua de la Libertad. Los Ángeles disfruta de Mickey Mouse pero Nueva York goza de la inmortalidad de Mickey Mantle. Ciudades estadounidenses se recrean con sus equipos de Beisbol pero sólo Nueva York se deleita con los Yankees y sus veintisiete títulos de serie mundial.
Nueva York encarna en el capitalismo y la sociedad de consumo la esencia más pura de los Estados Unidos. El poder que se mide con los ceros a la derecha de la cuenta bancaria. Una ciudad que se mueve en torno a las posibilidades de generar mayores ganancias a razón de una mayor inversión. Una sociedad que eleva el glamour al límite del pecado de la avaricia. La ciudad donde los visitantes llegan a confundir la elegancia con la petulancia y donde los envidiosos solo ven arrogancia e insolencia en la elegancia y la fascinación.
Los Yankees son todo lo anterior y más. Simplemente es el equipo más dominante de cualquier deporte profesional en Estados Unidos. Sus jugadores son estrellas dentro y fuera del campo. Su glamour ha conquistado aficionados y corazones, ha construido estadios enteros. Las superestrellas de la liga podrán tener relaciones afectuosas con estrellas de cine pero solo un yankee como Joe Di Maggio se robó el corazón de la diosa Marilyn Monroe. La popularidad de Babe Ruth obligó a edificar el Yankee Stadium en 1923 por falta de localidades para los aficionados que vitoreaban sus grandes hazañas.
En Nueva York el dinero nunca ha sido subterfugio. Babe Ruth costó quinientos mil dólares; la construcción de su nuevo estadio se facturó en 1.5 billones de dólares, los tres refuerzos para esta temporada los obtuvieron desembolsando 423 millones de los verdes. Sin embargo, ver a los Yankees se compara con ir al ballet en San Petersburgo o a escuchar mariachi en Garibaldi; merece portar el atuendo de gala y festejar con cocteles Manhattan no sin antes haber pagado dos mil quinientos dólares por la entrada.
Ver a Nueva York situado en la cima simplemente no tiene precio. La ciudad que nunca duerme como la definió Frank Sinatra festeja nuevamente tras nueve años de sobriedad. Si algo caracteriza este equipo son sus estrellas y esta generación no deja a deber a la historia. Derek Jeter es un miembro del salón de la fama en activo con un carisma similar al de Lou Gehrig; por su parte el veterano Mariano Rivera es tal vez el mejor cerrador en la historia de este deporte.
Estos nuevos yankees no nos podían dejar desprovistos de motivos para hablar el día de mañana. Fuimos testigos de hazañas notables como un doble robo de base realizado por Johny Damon. Una de esas jugadas que son exclusivas de la estirpe yankee. Son esas pequeñas historias las que siguen dando vida y forma a la leyenda. El aura que rodea a los bombarderos del Bronx mantiene la esencia de Joe DiMaggio; la excelencia, el poder, la seguridad y por qué no, la caballerosidad.
Los Yankees han vuelto. Las campanas de la ciudad suenan de nuevo y acogen a sus nuevos héroes. ¿Por qué el revuelo? Porque como dirían los viejos jazzistas, hay muchas manzanas en el árbol, pero si coges Nueva York estarás cogiendo la gran manzana.




