Hablar de los árbitros está de moda. Sus errores en el último mundial dieron horas de plática, discusión, alegrías y decepción en muchos rincones del globo terráqueo. No es que fuera una profecía de lo que iba acontecer en Sudáfrica pero la actuación de Martin Hansson una noche en Saint Denis deparaba lo peor para los colegiados. ¿que quién es Martin Hansson? El sueco al que toda Irlanda sigue odiando y lo hará por la eternidad, el mismo tipo que no tuvo la habilidad de marcar dos manos en el área en el gol francés que a la postre les daría la clasificación al mundial.
Ser árbitro es una de las peores profesiones que puede existir en el mundo, eso queda claro. No sabemos quien es la persona que está vestida con un atuendo funerario; lo único que nos interesa es como desempeña su oficio en el campo y en que medida afecta el resultado de nuestro equipo. He aquí dos aportaciones externas para este blog. En primer lugar una parte de una crónica del genial Juan Villoro sobre los hombres de negro. Además, un link con un documental sobre Martin Hannson y su odisea para llegar a Sudáfrica, desde el primer partido de la liga sueca hasta su terrible noche en París. (El video dura media hora, se los recomiendo muchísimo).
Elogio al árbitro y su suplente.
Juan Villoro
En los campos pobres el árbitro suele protagonizar el juego. No cuenta con asistentes y su justicia es absoluta. Los futbolistas consideran su presencia como un lujo comparable a que las porterías tengan redes. Aunque se equivoque, el juez confirma que ese potrero es una cancha y recuerda que es peor jugar en campos del carajo donde no hay quien sople un silbato.
La vanidad del árbitro pobre suele ser inmensa. Por gastadas que estén sus ropas, rara vez mostrarán la ofensa del remiendo. Todos se fijan en él. No pocas veces busca congraciarse con el público y las chicas que verá en el baile de esa noche inventando un pénaliti a favor de la escuadra local con una fantasía estimulada por el abuso de autoridad. En las canchas donde hay que imaginar líneas de cal, los árbitros ligan más que los jugadores.
Una de las grandes paradojas de esta ocupación es que la mejoría trae ofensas. Ni siquiera es seguro que los réferis profesionales ganen más que los amateurs. En las provincias sin ley, el hombre de negro puede traficar con pénaltis y expulsiones. Osvaldo Soriano contaba la historia de un hábil negociador de jugadas que cobraba por marcar un córner. A no ser que se vea beneficiado por la sofisticada ilegalidad de la liga italiana, el silbante avalado por la FIFA debe cuidar de dónde viene su dinero.
Normalmente, los esforzados impartidores de justicia ejercen otros oficios para pagarse la pomada contra los calambres. Suelen ser veterinarios, contadores, ingenieros. Rara vez desempeñan funciones en la ciencia pura o la humanidades. Gente práctica, que vive para las molestias útiles y vacuna un gato como quien saca tarjeta amarilla.
A diferencia de los jueces de llano, los árbitros de estadio tienen el privilegio de ser abucheados por la tribu, puestos en entredicho por los comentaristas, los entrenadores y los directivos, vigilados por la Comisión de Arbitraje. Cuando un locutor desea elogiarlos, dice: “El árbitro estuvo tan bien que no se notó”. No hay mejor recompensa para él que la invisibilidad.
LINK DEL DOCUMENTAL “THE REFEREE”



