El día de ayer en una tarde cualquiera me incliné por ir al cine y contemplar una de las más grandes historias del deporte. La película “Invictus”, protagonizada por Morgan Freeman en el papel de Nelson Mandela y por Matt Damon en el papel de Francois Peinar, nos ofrece uno de tantos ejemplos de cómo el deporte puede funcionar como instrumento de unidad y de pacificación. En un país al borde de la guerra civil, la terca y esperanzadora visión que Nelson Mandela tenía del deporte le dio al mundo la oportunidad de presenciar como los Springboks, de mayoría blanca, pudieron congregar a un país de mayoría negra en torno a un equipo de rugby.
Hay dos frases que quisiera rescatar. La primera proviene del mismo ex Presidente de Sudáfrica quien por más de 25 años estuvo encarcelado. Para Mandela, “el deporte es más poderoso que la política para derribar barreras raciales”. Un aforismo que se sustenta no sólo en lo acontecido en Sudáfrica sino que es el claro ejemplo de lo que un día de junio sucedió en esa nueva y compleja Francia de los inmigrantes. Ese equipo compuesto en su mayoría por las minorías y comandado por un inmigrante argelino fue el que le dio su primera copa mundial de futbol. Fue el momento en que el país galo comprendió y aceptó su nueva naturaleza. Fenómenos que sólo el deporte puede crear.
La segunda frase me vino a la mente poco después al estar viendo el programa conducido por José Ramón Fernández en una cadena norteamericana de deportes. En el largometraje, en una clara diferenciación de deportes y clases sociales, un guardaespaldas blanco le hace el comentario a su par negro que el fútbol es un juego de caballeros jugado por rufianes mientras que el rugby es un deporte de rufianes jugado por caballeros.
Como fiel seguidor del deporte de las patadas me sentí un poco ofendido por el comentario. Mi futura esposa por el contrario reafirmó con una sonrisa que el actor tenía totalmente la razón. No la culpo; en mi biblioteca de jugadores favoritos se encuentran Cuauhtemoc Blanco, Diego Maradona y Romario. Sin duda grandes futbolistas pero tal vez no las figuras mediáticas que quisiéramos que nuestros hijos tomaran como ejemplo de vida.
Sin ir más lejos debo decir que los comentarios vertidos en ese programa
reafirmaron un poco el comentario del guardaespaldas blanco. Tal vez no sean los futbolistas los rufianes pero si hay mucha verdad cuando hablamos de directivos o comentaristas. Uno mira en la televisión a personas como José Ramón o a Carlos Albert y se pregunta por enésima vez que pasa con ellos; hombres educados y relativamente inteligentes, con amplia experiencia en el mundo deportivo que se convierten en individuos amargados, aburridos y discutidores, cuyo único propósito parece ser escucharse a sí mismos y demostrar que todos los demás se equivocan.
Creo que nada nos agradaría más que escuchar a una inteligencia bien entrenada que no saltara por encima del sentido común para de esta forma llegar, si no a conclusiones acertadas, al menos a una crítica analizada. Naturalmente puedo estar equivocado, pero cuando entré en esta profesión, eso es lo que me indujeron a creer. La vanilocuencia de aquellos resentidos debería desaparecer. La erradicación de la invectiva de tantos comunicadores del país debería ser uno de los tantos milagros que conlleve la conquista de una copa del mundo para México.



