Inocencia Interrumpida

Cuando uno es niño todo nuestro universo nos es difícil de comprender o explicar. Nuestra seguridad en las cosas se erige por el cobijo de los padres que nos procrearon y tenemos un mínimo control y poder sobre nuestro futuro. Nuestro intento por cambiar nuestro destino sólo se hace presente al disgustarnos por la sopa de verduras que nos da mamá o en el querer siempre que nuestro padre satisfaga el continuo y sempiterno capricho por los helados. Estamos sujetos a un estado intemporal en el que obedecemos a lo que nos dictan pero al mismo tiempo somos libres de responsabilidades o de exigencias.

Cuando somos niños y queremos imitar a nuestros ídolos deportivos solo es cuestión de reunirnos con amigos y disfrutar de una buena reta. Los que son buenos y desean practicarlo en una forma más institucionalizada representan a la escuela en el equipo oficial al tiempo que entrenan algunas horas al finalizar las clases. Lo más grave que en estos casos puede suceder, y créanme que nunca falta en los juegos de fin de semana, es el anatema de los padres que de forma nada subrepticia se alocan y gritan de forma desesperada, o al árbitro por no marcar una falta o penalti sobre su hijo; al hijo por su forma de jugar; o lo que es peor, al entrenador por no meter a su retoño al campo o por no tener la estrategia adecuada para vencer al rival. La cereza en el pastel es cuando papás de hijos en equipos diferentes cambian el plano del juego a un ring de boxeo… ver para creer.

Los tiempos cambian y lo que en épocas anteriores era inconcebible, en los tiempos que corren se ha convertido en una norma. El éxito es de aquel que a temprana edad deja la inocencia de la infancia para intentar convertirse vorazmente en estrella del deporte. La creación de campeones de laboratorio es un mal que se ha generalizado y parece no tener fin. Es el trastorno de la sociedad que ha convertido al fenómeno del deporte en un espectáculo mundial demasiado mediático y lucrativo que es difícil de pasar por alto. Es la regla de un nuevo siglo que ha visto desfilar a estrellas de la calidad de las hermanas Williams o Jelena Dokic, al campeón europeo de clavados de 13 años, Tom Daley, o la próxima sensación del patinaje artístico estadounidense de 11 años, Polina Edmunds.

Los antes mencionados son la excepción de la regla. Son un porcentaje mínimo de casos exitosos pero que han costado la privación de una educación adecuada; la patibularia y constante sensación de fracaso y la carencia de una sociabilidad natural.  Son producto de las obsesiones y frustraciones de padres de familia irresponsables. La explotación de niños deportistas no conoce fronteras. Lo mismo sucede en el laboratorio dictatorial de China que en la Francia republicana o en la democrática ciudad de Spokane en Estados Unidos. Vivimos en un mundo donde nadie prohíbe a los padres quitarles horas de sueño a sus hijos, llevar una dieta rigurosa carente del ineluctable deseo de golosinas o jugar con sus amigos en el parque; en otras palabras, el arrebato de la infancia.

La infancia no es hecho natural. Hubo un tiempo en que los niños eran tratados como adultos pequeños. La infancia si bien es un invento, es un hecho posible a medida que las sociedades incrementaron su sofisticación y sus recursos. Lo que antes podía considerarse un privilegio es hoy por hoy un derecho casi natural. Los miembros más débiles de nuestra sociedad deberían por siempre ser liberados de rutinas de trabajo, incluyendo las deportivas de alto rendimiento, y disfrutar de la posibilidad de dedicar la mayor parte de su tiempo a jugar.

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