La lista final

Un nombre escrito en un papel puede transformar vidas. Desde niños las listas nos dejan marcados. Cada día al asistir a la escuela; cada mes para revisar las calificaciones; para ver si somos parte de los equipos deportivos. Buscamos nuestros nombres en los diarios previo ingreso a la universidad o también con la esperanza de ver el número ganador de la lotería. Una lista será siempre la constante incertidumbre que nos mantiene en vilo.

La lista para el mundial está a la espera de que la mano del entrenador anote a los privilegiados. Siempre se genera una gran expectativa, siempre habrá polémica. Muchos factores influyen para que se conforme el grupo final. No es sólo atravesar un buen momento, la historia cuenta. Las relaciones personales son también factor fundamental pues al final de cuentas un grupo mundialista es una familia.

Las familias mundialistas son como un grupo de amigos. Esa familia que el entrenador elige conociendo las aptitudes y el carácter de los individuos. Los seleccionados tendrán poco tiempo aunque nada que no remedie el vivir, comer y dormir juntos. Se tendrán que inventar un idioma que sólo ellos puedan descifrar, hasta su ropa interior tendrá que ser familiar. No sólo serán pautas de conducta, lo que allí se gestará será una identidad, dónde la cotidianeidad se transforme en orgullo, dónde el contenido esté basado en la simple premisa de ganar.

Así es el camino a Sudáfrica. Tienes que encontrar algo en que creer y luego has de ser fiel a esas creencias. Para Aguirre la cosa no es sencilla. La determinación de elegir a los veintitrés guarda cierta relación con elegir un lugar donde vivir. Porque si bien nuestra liga nos puede matar de aburrimiento como en una ciudad pequeña, los jugadores se conocen y juegan cada fin de semana. Todos están en el entendido de las características y forma de jugar de sus semejantes.

Los jugadores del extranjero están en lugares de primer mundo; tienen un mundo de posibilidades a su alcance. Juegan con los mejores, forman parte de equipos con gran historia y enfrentan a los mismos con los que se verán las caras en unos meses. Pero como en toda metrópoli, la alta competitividad a la que se someten sus habitantes puede ser extenuante. En el caso de los mexicanos, la presión constante a la que son sujetos limita en el número de minutos jugados, lo que podría generar que llegaran al mundial con una notoria falta de ritmo.

No se trata de elegir entre esto y aquello, sino de optar por ambos términos. No hay disyuntivas, sino conjunciones y acumulaciones. El grupo se adecuará a lo ya experimentado hace ocho años con sus similitudes y contradicciones. Esa mezcla de espíritu combativo, de sangre joven con ansias de triunfar, de la experiencia de los veteranos y su necesidad de demostrar que pueden seguir dando tardes de gloria.

Hay gente por ahí, los clásicos depresivos históricos mal llamados comentaristas deportivos que, a mi modo de ver, dudarán del grupo conformado, de los tiempos y de la forma de jugar. Habrá otros que creerán que el cometido de la selección es una función geopolítica especial, un espantapájaros de la moral y la economía nacional.  Sea quien sea quien porte la casaca verde habrá que reconocer que son nuestros jugadores, nuestro equipo, nuestros once de la tribu.

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