Grupo A

MÉXICO

Prometer no empobrece.

La objetividad no existe cuando uno tiene la obligación de hablar de su propio país. Si uno se expresa en términos negativos inmediatamente le dirán que es injusto, que sólo ve las cosas malas porque sufre del mal de la inferioridad y le nombraran malinchista. Si uno habla cosas buenas y ofrece una esperanza, peor aún, le dirán que es un subnormal que no vive en la realidad, lo tildarán de opulento y le dirán que no ve la injusticia y la corrupción que tanto aquejan a nuestro pobre país.

En el fútbol es igual. Si criticamos a la selección por el anodino desempeño previo a la copa del mundo nos ubicarán en el bando de los negativos, de los pseudo realistas y en pocas palabras, si trabajáramos en los medios nuestro puesto laboral estaría en ESPN. Si nos ubicáramos en el otro bando y pensáramos que México tiene grandes posibilidades de trascender, si mencionamos que ha existido un progreso en nuestro fútbol y que ahora sí podemos llegar a lo más alto, inmediatamente nos tacharían de usureros, de hipócritas y referirían nuestro lugar de trabajo a Televisa o TV Azteca.

Tan polarizado está nuestro fútbol que ya no existe un eje patriótico; puedes ser optimista o pesimista, nunca estarás en lo correcto. El mexicano tiene la costumbre de apreciar el mundial como un examen de primaria; cada cuatro años se estudia para llegar al examen final y pasar al siguiente nivel. Bajo esta perspectiva, el seleccionado es el reflejo de la cultura del ahorita; nos olvidamos por tres años y medio e intentamos lograr todo al último momento en espera de que la Guadalupana indemnice lo que dejamos de hacer.

Hemos evolucionado pero estamos obsesionados con jugar un quinto partido en el mundial, porque esa es la vara con que los medios han determinado se mida el progreso del conjunto nacional. Ante la incapacidad de escribir objetivamente, he decidido resarcir la falta de análisis de nuestra selección con algunos temas que pude haber desarrollado pero que para no entrar en disputa he dejado a un lado.

Podría hablar que nuestro fútbol es un reflejo de nuestra política. Que siempre ha sido manejada en un entorno despótico ante el deseo de unos cuantos y que la fachada democrática es eso y nada más. Que Calderón es un impuesto como lo fue Hugo Sánchez en su momento y que es más fácil criticar desde afuera que encabezar al equipo y guiarlo hacia la modernidad y los triunfos como antes lo prometieron.

Podría decir que nuestra liga es como nuestro sistema político y que su misma esencia limita el progreso. Que la liguilla es un sistema injusto para determinar al campeón y que los torneos cortos sólo benefician los bolsillos de los dueños. Que cuando André Marín pide más juegos con alto grado de esfuerzo y fútbol, no se da cuenta que el mismo sistema impide que así suceda. Que lo mismo ocurre con el entorno gubernamental cuando la gente pide más acciones y olvida que el sistema de pesos y contrapesos fue diseñado para que todos los cambios de fondo tengan que decidirse entre dos cámaras y un presidente de diferentes partidos.

Podría criticar que jugamos como burócratas. Que en el campo se necesitan tantos pases como diligencias ante una secretaría para obtener un gol con el mismo resultado; siempre se quedan en tres cuartos de cancha porque no se encuentra el licenciado capaz de tomar la decisión o dar la última firma y no se sabe cuando regresará. Somos tan burocráticos que, inclusive para solicitar a los cielos que el mundial sea nuestro, necesitamos pasar por el trámite de intercesión ante los santos para que el omnipresente escuche nuestra plegaria de ser campeones mundiales.

Podría hablar de esto y más. De las posibilidades reales de ser campeones de acuerdo a las estadísticas, de la tenacidad y experiencia de nuestro entrenador, o de su terquedad y sus preferencias amistosas. De nada servirá porque cuando encendamos el televisor nada importará y sufriremos durante el partido como si nuestra soberanía estuviera en juego. De eso se trata un mundial, de disfrutar cada triunfo y sufrir cada derrota en espera de nuestro momento de gloria.

____________________________________________________________

FRANCIA

Le rêve de Zizou.

Es increíble como un mundial puede cambiar la historia de un país. Francia antes de 1998 era un equipo sin mucha tradición, no había gente de color en el equipo y Michelle Platini era el mejor futbolista de todos los tiempos. La generación de Platini logró dos semifinales consecutivas con derrotas ante Alemania y una Eurocopa. Después de eso, una década perdida. El mejor jugador se sentía más inglés que francés, tuvo disputas con los entrenadores por su carácter explosivo y nunca participó en algún mundial. Eric Cantona será recordado más por las solapas de la camiseta levantada y por haber propinado una patada a un aficionado que por sus actuaciones con la camiseta gala.

En 1998 todo cambió. De inicio, la selección se transforma en un marco multicultural donde, a excepción del capitán Didier Deschamps y de Laurent Blanc, todas las figuras provenían del extranjero o de familias emigrantes de antiguas colonias francesas. Desde el inicio de ese mundial parecía existir un doble discurso en el ambiente francés. Simplemente el estadio que albergaría las glamorosas inauguración y final se situaba en la orilla de la cosmopolita París, en el barrio de Saint Denis, donde todo es sombrío y distante; al finalizar el mundial se ovacionó a los héroes migrantes mientras se maldecía a los demás.

Un estadio construido en un barrio pobre, fue el escenario elegido por un argelino para fundar la VI República francesa. Así como De Gaulle pidió plenos poderes para su presidencia, después de la II Guerra, con la intención de subsanar la falta de capacidad de las instituciones; así Zinedine Zidane exigió el máximo control de las acciones, después de muchos años perdidos, para subsanar la carencia de títulos internacionales.

En 1945 las calles de Francia sintieron la fuerza del joie de vivre por el final de la II Guerra Mundial y lo volvieron a sentir hasta 1998 al celebrar el primer título mundial. En ese torneo sui generis Francia pensó que había tenido una suerte extraordinaria. Pero suerte era una palabra demasiado trivial para la ocasión. Sentía más bien una especie de oscura gracia que era concedida por su historia imperialista.

Una encuesta previo al mundial de 1998 divulgó que una gran parte de la sociedad francesa tenía prejuicios racistas. En ese año no existía un solo árabe o hijo de árabe que fuera diputado o funcionario de alto rango. En ese mismo año todos los jugadores franceses cantaron al unísono La Marsellesa al tiempo que un descendiente kabil fue propuesto para presidente por los Campos Elíseos, horas después de haber conseguido el título mundial. Zidane con dos cabezazos fundaba un estado multicultural.

En 2006, Jean Marie Le Pen declaró que había demasiados jugadores de color en el equipo nacional y por lo tanto no era un fiel reflejo de la sociedad francesa. En 2010 todos los asistentes a un partido Francia-Argelia pitaron los dos himnos nacionales porque no se sienten identificados con ninguna bandera o himno nacional. Cuando los franceses construyeron el estadio de Saint Denis se palpaba la bipolaridad entre el progreso frente a la marginación; entre lo francés y lo extranjero. Más de diez años después la distancia parece agrandarse.

Hoy la VI República parece derrumbarse. En el campo necesitaron de una mano del tamaño de la torre Eiffel para calificar al mundial. En la calle la integración de los migrantes a la sociedad francesa parece casi imposible. Zidane se ha ido y su lugar ha quedado vacío. El entrenador sabe de fútbol tanto como el presidente de migración. En Saint Denis reposan los restos de los reyes galos, ahora descansa también el sueño francés de la VI República de Zinedine Zidane.

_____________________________________________________________

URUGUAY

Tristes recuerdos

La historia futbolera de Uruguay es como una leyenda bohemia. Cuando no existía el glamour y no se recibía dinero por jugar, los uruguayos se presentaron en Europa como turistas mochileros y lograron que los europeos descubrieran las grandes aptitudes de los americanos para pegarle a un balón. La historia de los mundiales no puede ser narrada sin considerar a Uruguay como el padre de la misma.

Antes lo internacional no existía más que a nivel continental. Uruguay cambió eso cuando decidió asistir a la olimpiada de París en 1924. Un catalán dijo que París era la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía era considerado un arte. Los uruguayos casi mueren de hambre hasta que desplegaron su arte sobre el terreno de juego a cambio de techo y comida. Nadie los conocía, en su primer partido su bandera fue izada al revés y los organizadores confundieron su himno nacional con una marcha brasileña.

Uruguay sólo necesitó un viaje a Europa para reinventar el fútbol. En esa olimpiada le enseñaron al mundo que los jugadores negros podían jugar y eran extremadamente habilidosos; demostraron una nueva forma de jugar a base de pases cortos, de fintas y de rápidos avances con el balón en el suelo. Pasar el balón de un campo a otro con un largo pelotazo al más puro estilo inglés no era una opción para el equipo uruguayo que conquistó Europa y que redescubrió el continente para los europeos.

Campeón en dos torneos olímpicos, los uruguayos tuvieron el privilegio de albergar el primer torneo mundial de selecciones nacionales. Era natural, le correspondía a los europeos hacer el largo viaje para intentar arrebatar a los uruguayos el privilegio de ser el mejor a nivel mundial y en su territorio. Trece participantes y pocos equipos europeos pero al final Uruguay consolidaría lo que venía haciendo desde hace mucho. Eran el primer equipo que conquistaba el trofeo Jules Rimet.

En el inicio todo fue fiesta en casa. El segundo trofeo fue un viaje corto y una hazaña, para los brasileños una total desgracia. Tal vez el primer término futbolístico que se conoce y que se sigue empleando hasta la actualidad. Maracanazo significa fracaso o desastre imprevisto para los brasileños; fiesta y sorpresa grata para los uruguayos. Primera aunque no última ocasión en que el favorito sale por la puerta de atrás. La peor tragedia de la historia de Brasil según los comentaristas brasileños.

En esta ocasión Uruguay regresa a un mundial después de sólo calificar en uno de los últimos cuatro mundiales. Desde 1970 no califica a cuartos de final. Triste acontecer para un país con tanta tradición y leyenda. Galeano asegura que la historia de éxitos es una pesada carga para los futbolistas actuales y al describir los fracasos de la celeste comenta que “si aprendiéramos de ella (la historia), todo bien, pero no: nos refugiamos en la nostalgia cuando sentimos que nos abandona la esperanza, porque la esperanza exige audacia y la nostalgia no exige nada”.

Diego Forlán es lo que en su época Enzo Francescoli. Son grandes jugadores con excelentes recursos, goleadores natos pero que habitan en la soledad cuando juegan con el combinado celeste. Si alguna vez Uruguay cambió la forma de jugar mediante el toque y la ofensiva, con base en la circulación de balón, la Uruguay de la actualidad se juega su destino con la pegada de sus delanteros y nada más. La garra charrúa es hoy un término indefinido que en el mundo debiera representar respeto pero que hoy no es más que un recuerdo.

____________________________________________________________________

El arcoiris.

“El tiempo para sanar las heridas ha llegado” Nelson Mandela, 1994

Han pasado ya quince años del momento en el que el mundo presenció cómo Nelson Mandela tomaba protesta como presidente del dividido Estado de Sudáfrica. Mandela prometió construir una nación donde las personas de diferentes razas serían capaces de vivir con paz y armonía. En sus propias palabras: “una nación que debe ser un arco iris en paz consigo mismo y con el mundo”. Se temía que existiera una venganza racial pero esos temores dejaron de existir por el espíritu de recociliación con el que Mandela gobernó desde la presidencia.

Durante la luna de miel que representó la transición política y social, Nelson Mandela cobijó su idea de reconciliación con la bandera del rugby. Un deporte que sólo era jugado por blancos y que representaba lo peor del apartheid provocó una revolución sin precedentes. Una hazaña histórica, tan romántica que puede empalagar, tan perfecta que sólo podía ser encabezada por alguien como Madiba. El equipo sudafricano estaba condenado a la frontera de los cuartos de final en el mejor de los pronósticos pero, llámele suerte o destino, los sudafricanos se convirtieron en campeones por merecimiento propio.

La luna de miel ha terminado, en la Sudáfrica del siglo XXI las expectativas, actitudes y estilos de vida siguen siendo diametralmente opuestos entre la gente de raza negra y de raza blanca. De hecho, sólo algunos miembros de raza negra y de raza mixta –llamados comúnmente diamantes negros- han sido capaces de obtener educación y de afianzarse en el sistema. Más de una década después del nacimiento de la nación arco iris, todavía se puede leer en los diarios historias sobre el rechazo que sufre la gente de raza negra; una completa locura considerando que conforman el 79% de la población.

La inocencia de los primeros años ha caducado. Sin lugar a dudas, las diferencias étnicas, la migración y el sida tienen que dejar de ser un tabú en la agenda del país y se tiene que reconocer que existe un largo camino por delante para cumplir la promesa de la nación arco iris de Mandela. El deporte contribuye para crear ideales de progreso, para reunir en un mismo sentimiento a una nación pero sus cualidades no pueden generar el cambio per se. Solo con el esfuerzo diario y conjunto las diferencias podrán ser dejadas atrás.

Hoy se tiene una nueva oportunidad para cambiar. A nivel organisativo, al día de hoy se puede objetar la falta de planeación pero más la falta de simetría entre la magnitud y costo de un evento como este y las precarias condiciones sociales y económicas del país. El fútbol remplaza al rugby, no por iniciativa propia, sino porque el escenario no tiene comparación. El rugby podrá ser el deporte nacional pero albergar una copa del mundo da muchos incentivos para iniciarse en el fanatismo del fútbol.

Casi nadie sabe que el fútbol tuvo su momento de gloria en la reconstrucción de Sudáfrica cuando los bafana bafana obtuvieron el campeonato africano de naciones en 1995. La hazaña de los springboks dejó en la sombra el reconocimiento que se merece ese triunfo. Se celebró en suelo sudafricano, se tenían menos expectativas que en el equipo de rugby y sin embargo lograron conquistar África. Es entendible, el fútbol no es tan popular.

Hoy yo diría que tampoco se tienen grandes esperanzas en el equipo local. De hecho es la primera vez que un anfitrión podría quedar fuera en la fase inaugural. Sería un duro golpe para un país que ha dado tanto para llevar a cabo este mundial; una humillación a nivel futbolístico. Las opciones para hacer un buen mundial son casi nulas. Lo mismo les dijeron cuando los blancos gobernaban, cuando jugaron su primer mundial de rugby y su primera copa africana de naciones. Sudáfrica ya está acostumbrada a tener todo en contra.

About the Author