Grupo F

ITALIA

El talismán de la mala suerte.

En cualquier parte del mundo los niños sueñan con ser el delantero centro de su selección; jugar la final de la copa del mundo y anotar el gol de la victoria. Todos desean portar el 10 para ser el creador del equipo o el 9 para poner la pelota al fondo de la red. En Italia es diferente, los niños sueñan con ser contenciones, laterales o de preferencia defensas centrales. Todos juegan con la mira puesta en barrer mejor que nadie, en estar siempre en el lugar indicado para cortar la jugada, en ser los mejores defensas del mundo.

El catenaccio o cerrojo, dependiendo del idioma, no es una idea futbolística sino una forma de vida. Nereo Rocco lo tenía muy claro, la idea central es no arriesgar. No se sorprenda si algún día le comenta a un italiano el dicho “el que no arriesga, no gana” y no le logra entender. Los azzurri siempre juegan igual, no hay riesgo que valga, se juega a no perder; el espectáculo no tomó la dirección estadio, se quedó en el circo romano. Morirán con esa idea, juegan a defender, a mantener la portería en cero.

Sólo en una coyuntura como la italiana se entiende como un talento como el de Roberto Baggio pudo ser desperdiciado. Como diría Galeano, en estos últimos años nadie ha ofrecido a los italianos tan buen fútbol como él. Simplemente era diferente; un incomprendido. Alejado de la mayoría católica, su elección por el budismo es tanto una elección personal para encontrar el camino espiritual como un salvavidas contra el sistema.

El catenaccio es un sistema completamente acorde a una sociedad que tiene la creencia que todo sucede por ineludible predeterminación o destino. Ese ha sido siempre el talismán italiano; una actitud resignada de una nación que no ve posibilidades de cambiar el curso de los acontecimientos, una actitud en espera siempre de lo peor. Odiados por muchos, admirados por otros, los hinchas italianos, con esa falta de pudor que los caracteriza, nunca se sentirán favoritos para ganar una copa del mundo.

Y es que la película de su vida siempre será igual. Sus ambiciones no afectan específicamente su felicidad, sus relaciones con el mundo o su estilo de vida, sino algo más general: la continua certeza de las cosas. Siempre han necesitado saber que seguirán siendo ellos mismos; que el tiempo sigue su curso y el modelo social y futbolístico prevalecerá por sobre cualquier cosa. La capacidad de entender el juego de una forma, parece ser eterna.

El sentimiento que despierta el equipo azzurro, por el contrario, no siempre ha perdurado. Es curioso que desde niños siempre pensemos que la bota ha existido como tal desde tiempos inmemorables. Será que siempre se nos habla del gran imperio romano que nuestra conciencia conserva la línea del tiempo hasta la Italia actual. Pero Italia fue hasta mediados del siglo XVIII un conjunto de repúblicas, reinos y estados pontificios que poco tenían en común. La unificación se logró en 1861 pero la identidad nacional se forjó en 1990.

El mundial en casa significó un paso adelante en la formación del Estado-Nación. Desde la división que supuso la caída del imperio romano, los signos de identidad se concentraron en la esfera más pequeña, los pueblos o ciudades. La profanación del suelo por legiones extranjeras en el mundial del 90 fue el detonante para que los gentilicios romano, genovés, boloñes, sardo o lombardo cesaran y se comenzara a hablar del italiano, de los azzurri; desde el tacón hasta la caña, desde el empeine hasta la punta de la bota.

Este año Berlusconi no amenazará con meter a la cárcel a los jugadores si vuelven antes de lo previsto. Lippi ha decidido refrendar el título con el mismo conjunto que el mundial anterior. Es un purista y los jóvenes y sus exóticas formas de jugar le son ajenas. La dinámica será la misma: clasificar, jugar a no perder y si se puede, llegar a los penaltis. Los gladiadores están en retiro pero eso no importa en Italia; una vez más piensan que ya todo está escrito y están preparados para lo peor.

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ESLOVAQUIA

El patito feo.

Cuando Eslovaquia se despertó una mañana de su inquieto sueño, se encontró en la cama, convertida en un estado independiente. Estaba acostada sobre una espalda dura como una coraza y, si se levantaba un poco la cabeza, veía a su nueva vecina, la República Checa. El fervor nacionalista apenas se podía contener y estaba en transe de deslizarse al abismo de la absoluta felicidad. Sus muchas tareas, que comparadas con la totalidad de la hazaña, eran beodamente insignificantes, revoloteaban sin ton ni son ante sus ojos.

¿Qué me ha pasado? Pensó. No era un sueño. Su territorio, un auténtico habitáculo humano, estaba tranquilo entre los cinco países colindantes, bien conocidos. Encima de la mesa, sobre la cual estaba desplegada el acta de independencia, colgaba el cuadro que hacía poco había sido la inspiración de un sueño que ahora concluía. Un nuevo país surgía, se erguía con la esperanza de un nuevo comienzo dejando atrás un pesado ayer, dentro del cual desaparecía el totalitarismo y la guerra fría.[1]

Eslovaquia ganó con la Revolución del Terciopleo su independencia. Algo ajeno para toda la gente que siempre había vivido a la sombra de imperios. Milan Kundera nos enseñó que la vida es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir. Eslovaquia perdió con su separación esa continuidad histórica, por lo que su modo de pensar y vivir quedó en el limbo de una transición con tintes perpetuos. Su soberanía expulsó de su órbita al único escritor que sigue expresando con gran realismo la sensación que los hombres experimentan ante el ominoso mundo que los rodea, Franz Kafka.

Este país eslavo siempre ha sido el patito feo de Europa del Este. Siempre con dueño, fueron los más reprimidos en el reino de Hungría y los que más sufrieron tras la separación con los checos. Su fútbol dejó de existir prácticamente tras la independencia. No es hasta ahora que un nuevo grupo de jóvenes logra subsistir en equipos europeos para conseguir la experiencia necesaria y dejar en el camino de la cita mundialista a los favoritos Polonia y República Checa. Un primer mundial se acerca, una nueva experiencia para un país que nunca lo ha vivido.

En Bratislava se siente la intensidad de lo que representó ser la frontera de la cortina de hierro. Su suelo parece estar compuesto de arena de huesos después de tantas batallas allí libradas por eslavos, húngaros, otomanos, nazis, aliados y comunistas. Su pertenencia al este europeo da como resultado una ciudad tan sombría y gris que sólo hay que añadirle en el imaginario una fina capa de nieve sucia en el suelo para tener un perfecto retrato de una urbe que parece estar confinada en el invierno. Allí donde se extingue lo idílico y se siente un abandono urbano; donde el aire tiene forma de humo y deja caer ceniza húmeda como llovizna.

El verano está por llegar y con él la nieve desaparecerá. Está en voga que las nuevas revoluciones eslavas tengan como terreno de combate un campo de juego. Jóvenes promesas con la necesidad histórica de fundar nuevos esquemas de identidad. Eslovaquia comenzó a tocar la pelota cuando ingresó a la Unión Europea; ahora empieza a armar sus jugadas una vez que accede a su primer mundial.


[1] Basado en La Metamorfosis de Franz Kafka.

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PARAGUAY

El amuleto Cabañas.

El mundial para Paraguay no está en tiempo futuro, está en pasado. No sucederá en los campos de Sudáfrica, se gestó en un bar en la Ciudad de México. La bala que penetró el cráneo de Salvador Cabañas fue el gol de oro que parece haber quitado a Paraguay la posibilidad de acceder más allá de los octavos de final. El JJ dejó fuera al heredero de las glorias de Cardozo y Paraguay ha perdido a su figura y gran parte de su esperanza.

Puede ser que no todo esté perdido, aunque el equipo paraguayo suele jugar las fases finales como si siempre fuera la misma historia. Su conciencia en cada mundial se despliega como una memoria permanente e invariable. No se trata de que sean conscientes de un futuro ajeno y poco predecible, pero sí de intentar cambiar lo ya hecho. Su fútbol es como su gobierno, se sabe que son estables y procuran no hacer más de lo que les está sugerido en el libreto. Su defensa siempre es su mejor aportación, como si se tratara de una Italia latinoamericana.

Por lo tanto, no es una forma muy natural para Paraguay saltar de una historia invariable a otra y, en este contexto, Cabañas puede ser el fenómeno que requieren los guaraníes para cambiar su conciencia presente y procurar hacer más que en cualquier otro mundial. En su momento, el arquero José Luis Chilavert logró darle otra dimensión al juego paraguayo. Su temperamento y sus cualidades para golpear el balón elevaron el juego de sus compatriotas, aunque los octavos de final fueron su límite.

No se trata de elucubrar. En este mundial, Cabañas puede ser el nuevo amuleto del vestidor. Sin embargo, es algo a lo que los paraguayos no están acostumbrados. La historia señala que, desde el mismo momento de la conquista, los españoles advirtieron el hecho de que los guaraníes no poseían templos, ni ídolos ni imágenes para venerar. Parece ir contra natura que ahora se utilice al mártir americanista para beneficio del combinado paraguayo.

Sin embargo, de eso se trata, de reaccionar y reinventar. Ahora los paraguayos sabe que los ídolos son mortales. Es tiempo de inventar historias para explicar cómo salir de este aprieto. No hay que inventar religiones, basta con tejer historias sobre la inmortalidad del espíritu de Salvador Cabañas. Historias que con el tiempo se irán refinando. El fútbol es una ficción y se sabe que la ficción se alimenta de desdicha aunque también de aventura.

En tiempos conflictivos, el drama y la transgresión es la inoportuna aportación mexicana para esta nueva novela paraguaya. Un grupo, en teoría fácil, no debe ser problema para acceder a los octavos de final. No intentar nada sería oprobioso. Le toca a Cabañas desde el exilio, guiar a los paraguayos por el buen camino para conseguir lo cuartos de final.

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NUEVA ZELANDA

Los all blacks.

Amelie Nothomb describe a Oceanía como un grupo de islas divididas por esos fenómenos absurdos y maravillosos que constituyen las fronteras marítimas: es complicado y riguroso, igual que el cubismo. Los países allí ubicados han sido olvidados por la historia; basta con mencionar que fueron los últimos en el globo terráqueo en ser conquistados y colonizados; lograron su independencia sin que nadie lo discutiera. No hubo héroes ni villanos, un apretón de manos con el reino británico confinó el destino de la mayoría de las islas ubicadas en ese continente.

Nueva Zelanda no era conocida por nadie hasta que conquistó Europa en 1905. Una gira europea, que lo confrontó con muchos equipos de la Liga Británica y posteriormente con escuadras nacionales, lo catapultó como un referente y un rival a vencer. Comenzaron como peregrinos en tierra de conquistadores y retornaron a puerto como héroes nacionales y forjando un sentimiento de unión nacional.

Su filosofía es desde hace más de un siglo de amor y respeto al juego. Veneran un código de honor que incluye el compañerismo, la honestidad, la disciplina, la lealtad, el sacrificio y el altruismo. Conquistaron el primer título mundial en disputa y son hasta el día de hoy el primer lugar del ranking mundial. Son el Brasil del rugby. En un juego donde no hay pases largos y sólo se puede correr o pasar a los costados, los zelandeses juegan como si todo el equipo estuviera conformado por zagueros con la única y sencilla idea de atacar.

Su juego alegre es disímil de su vestimenta funeraria, consistente en un atuendo totalmente negro, o de la danza de guerra tribal maori, practicada previo a cualquier duelo. La Haka es la muestra fehaciente del respeto a la historia y la cultura precolonial de los maori. Siempre un espectáculo, la Haka impacta en la concentración del rival. “Esta es mi tierra que vibra, es mi hora, mi momento. Nuestro dominio, nuestra supremacía triunfará.”

El fútbol se caracteriza por ser un deporte que se propaga como un virus por todo el mundo. Allá donde antes era una práctica insulsa, hoy es parte de la dinámica cotidiana. Los neozelandeses se mantienen firmes; su parte británica prefirió desde el inicio al rugby sobre el fútbol; aunque rugby o fútbol, al final del día los dos fueron deportes inventados por sus conquistadores, eliminando cualquier acusación sobre traición de principios.

Detrás de la práctica del rugby se disfrazan códigos de conducta que encubren el desafecto de los maoris por el fútbol. A diferencia del fútbol, el espíritu del rugby transita por acatar las reglas y excluir actitudes antideportivas como tratar de engañar a los árbitros o discutir sus decisiones. En el rugby existe un capitán pero no necesariamente tiene que ser el mesías del equipo; las anotaciones son consecuencia del esfuerzo de todos los involucrados.

Toda una tradición de caballeros es sobre todo el tercer tiempo. El  que no se juega y en el que no hay golpes sino abrazos, cerveza y camaradería. Oscar Wilde señaló que el rugby es un juego para bárbaros jugado por caballeros y el fútbol un juego de caballeros jugado por bárbaros. Tal vez los genes neozelandeses tengan en su mayoría adn de caballero. Su lugar 78 en el ranking FIFA así lo corrobora. Los all whites viajan a Sudáfrica en viaje todo pagado con safari incluido para disfrutar la recompensa del traspaso de Australia a la eliminatoria asiática y de su triunfo sobre Bahrein.

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