Grupo D

ALEMANIA

La costumbre del triunfo.

Siempre he querido creer que la frase de Gary Liniker ha perdido vigencia pero ocurre que, cuando menos se espera, sucede de nuevo. Aquella sentencia de que el fútbol lo inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre gana Alemania se niega a morir. Nunca parten como favoritos, su juego no es de los que despierte pasiones pero siempre ocupan los primeros lugares.

Alemania puede ser considerada una contracultura en el concierto europeo. Cuando todo el continente se acataba las directrices de la iglesia romana, un grupo de alemanes, encabezados por Martin Lutero, se sublevó y acometió el gran cisma de la Iglesia Europea. Cuando el juego versátil de Johan Cruyff y la naranja mecánica se merecían el título mundial, once alemanes se lo negaron al mundo. Como aquellos goles en tiempo de descuento de fabricación alemana, justo cuando el siglo XIX agonizaba, Friedrich Nietzche sentenció que Dios había muerto, que Dios seguía muerto y que nosotros lo habíamos matado.

Los teutones van siempre contra la historia. Han utilizado al fútbol para hacerle saber al mundo que el deporte tiene nexos irrompibles con la política y que siempre regresarán de las grandes catástrofes para demostrar que tienen derecho a la grandeza. Los alemanes juegan bajo el imperativo categórico del triunfo, un mandamiento autónomo capaz de regir el comportamiento teutón en todas sus manifestaciones.

Su victoria en el mundial del 54 fue un recordatorio a la humanidad de que la II Guerra Mundial quedaba en el pasado. Que mejor escenario para que el mundo les reconociera su esfuerzo por dejar atrás el nazismo, que una victoria cargada de significado simbólico, en la que los teutones regresaron del infierno para conquistar su primera copa del mundo después de ir perdiendo dos a cero frente a la Hungría de Puskas.

Cuarenta años después, el equipo dirigido por Franz Beckenbauer  utilizaría de nuevo la mayor vitrina deportiva para enseñar al mundo que la guerra fría quedaba en el pasado y para aclarar que la silla del patrón de Europa, que llevaría a sus espaldas la construcción y el financiamiento de la Unión Europea, tenía dueño. La caída del muro de Berlín paradójicamente era el primer ladrillo en la creación de la Alemania actual.

Desde siempre los triunfos alemanes han sido sinónimo de una mente fuerte aunque compleja. Es cierto, son porfiados y obstinados. Cada partido contra Francia lo disputan como si continuara en juego la conquista de Alsacia y Lorena. Cada mundial su concentración es lo más parecido a un campo de entrenamiento de la SS y cada partido lo disputan como si cargaran una MP40 en la espalda y lucharan en la batalla de Stalingrado.

Uno entiende hasta cierto punto el complejo laberinto de la mente alemana cuando descubre que Shumpeter escribió que la vida del hombre no es más que una lucha por la existencia, con la certidumbre de resultar vencido. Los alemanes son ganadores pero también son pesimistas. Nada puede ser más pesimista que dedicar a un líbero el título de mejor jugador de todos los tiempos. Sin embargo, eso a los alemanes no les importa, ellos solo piensan en seguir su costumbre del triunfo.

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AUSTRALIA

Los canguros australianos.

La historia de Australia es desde sus orígenes una historia de desaire. Cuando españoles y portugueses la descubrieron no se interesaron por dar a conocer su hallazgo. Cuando los marinos pertenecientes al Imperio Neerlandés se toparon con ella, desestimaron esfuerzos por colonizarla y la tacharon de inhabitable e inapta para el progreso colonial. Sólo la ambición de los británicos y su capitán James Cook lograrían sacar del anonimato a los australianos.

A la fecha su historia en el fútbol parece similar. Australia no era considerada para jugar la fase final de la Copa del Mundo y sólo pudo colarse a la fiesta en una ocasión. Inclusive cuando la convocatoria se amplió a 32 selecciones para la fase final, los australianos tuvieron que jugar series de desempate con selecciones de mayor calibre en lo que parecía ser una decisión de FIFA de nunca dejarlos jugar de nuevo un mundial.

El destino les concedió a los australianos la oportunidad de disfrazarse de asiáticos para jugar la eliminatoria en un continente que cuenta con mayores boletos para el campeonato. El país de los canguros no dudó en aprovechar su situación para contratar al mago holandes Guss Hiddink, quien, en una de sus más brillantes actuaciones, logró crear un equipo con técnica y respeto por el buen fútbol pero sobre todo, los clasificó a su segundo mundial.

No era de sorprender. Pertenecer al Imperio Británico fue de los mejores boletos para muchas naciones en comparación con aquellos antiguos siervos del Imperio Español. La Commonwealth siempre se ha caracterizado por tener mini copias de Westminster a lo largo y ancho del globo terraqueo. Los hijos de Gran Bretaña han aprovechado su herencia atlética en el intento por ser partícipes de la mayor fiesta del mundo.

El eco de la polémica, creada a raíz de su eliminación en el último minuto del tiempo extra por un polémico penalty, parece haber dejado huella en la memoria mundialista. Y es que una vez que creas polémica y apareces en los periódicos, se puede decir que estás dentro del club. Todo parece indicar que Australia será a partir de ahora un equipo habitual en los próximos mundiales. Seguramente seguirán escalando en cuanto a nivel futbolístico se refiere. El aficionado australiano empieza a tener esa hambre necesaria de trascender corriendo tras un balón.

Sin embargo existe una limitante. La postal que se tiene de Australia incluye la Opera de Sidney, a sus koalas y sus inseparables eucaliptos pero le falta esa pizca de drama histórico. El elemento traumático necesario para enfrentar un partido como si se tratara de un conflicto bélico. Se necesita ese aporte sincretista, esa historia romántica de la unión de un pueblo representado por once individuos multiculturales. En síntesis, los australianos requieren su Katherine Freeman del fútbol. Celebrar los goles tanto como las aventuras de  Cocodrilo Dundee, tiene que quedar en el pasado para los canguros australianos.

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SERBIA

Papá soltero.

Serbia es uno de los casos más raros en el fútbol. Antigua capital de la gran idea encabezada por Tito, el equipo serbio de fútbol vio como poco a poco la política reducía su abanico de jugadores elegibles. Primero fue la desintegración de Yugoslavia; luego, el cambio de nombre a Serbia y Montenegro les arrebató parte de la grandeza y no calificaron para Corea-Japón. Justo después del mundial de Alemania, Serbia quedó viuda cuando Montenegro se erigió como Estado soberano y posteriormente perdió la custodia de Kosovo, cuando este último declaró su independencia dos años después.

Serbia es un país que sigue teniendo el pendiente de poner fin a la transición que representó la desintegración de Yugoslavia. En la arquitectura de Belgrado sobresalen los daños permanentes de los bombardeos de la OTAN y el famoso espíritu bohemio parece desaparecer cuando la ciudad en los últimos años prefiere vestir de melancolía y tristeza. En ciertos momentos parece que los serbios conservan el recuerdo de los ataques europeos y de una de las etapas más sangrientas en su historia intencionalmente. Tener el uniforme de un oficial norteamericano derribado y presentarlo como una reliquia en el museo más importante de la ciudad, es prueba fehaciente de mi argumento.

Sin embargo los serbios no son siempre los villanos de la película. La escuela y los medios nos han tratado de inculcar que Serbia es una versión balcánica de Lex Luthor o Magneto. Pero sucede que su herencia cultural y algunos pasajes históricos los han condenado. No son católicos como los demás países balcánicos y además reprendieron a los musulmanes. Utilizan el alfabeto cirílico que combinado con la misma ortodoxia los hace girar más hacia Moscú que hacia la Unión Europea donde se ubica lo “correcto”.

La historia siempre ha sido injusta en cuanto al conflicto de Bosnia-Herzegovina se refiere. Es cierto que los serbios tuvieron en Milosevic a un ferviente admirador del nacionalismo y de la limpieza étnica que los condenó a años de bloqueos comerciales, guerras suicidas y bombardeos en propio suelo por parte de la OTAN. Pero hay que hacer justicia histórica al mencionar que los croatas pactaron con los serbios la repartición de Bosnia y la eliminación de los musulmanes. La única diferencia es que, tiempo después, los católicos croatas contaron con la anuencia papal para ser liberados de todo pecado ante los ojos del mundo.

Es curioso que ante tantas fatalidades, el fútbol haya sido uno de los elementos con menos daños colaterales. En 1990 en pleno auge nacionalista-separatista, Yugoslavia logró alcanzar los cuartos de final y sólo las manos mágicas de Sergio Goicoechea lograron maquillar el penalti errado por Maradona y el pase de Argentina. En el mundial de 1998, ya como países independientes, Serbia aka Yugoslavia logró pasar a octavos donde la naranja mecánica los mandó de regreso a casa cuando su tren todavía no estaba programado para dejar Francia.

La imaginación es el mejor recurso para este nuevo equipo comandado por Radomir Anti?. Los renovados jóvenes serbios parecen encabezar una revolución sociocultural. Han demostrado en la eliminatoria que pueden ser mejores que algunos grandes como Francia; cuentan con el último entrenador que fue capaz de ganar un título liguero para el Atlético de Madrid. En Serbia está comenzando una nueva tradición que consiste en cambiar el disparar balas por patear balones en nombre de la patria.

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GHANA

Un sueño común.

Cuando revisé los participantes del grupo D tardé mucho en imaginar qué podía decir sobre equipos que, a excepción de Alemania, han tenido nula historia en cuanto a mundiales se refiere. Hablar de Ghana ha sido uno de los mayores retos porque, siendo completamente honesto, desconocía hasta su ubicación física en el Continente. Ahora, al ver mi mapamundi se que se encuentra entre Togo y Costa de Marfil, que tiene al norte a Burkina Faso y al sur al Golfo de Guinea.

Cometemos constantemente el error de creer que el Continente Africano es un mismo país. Nuestro desconocimiento de la cultura e historia nos hace pensar que no existen diferencias étnicas y culturales porque en nuestro cerrado mundo sólo vemos un solo color de piel. El alto índice de subdesarrollo que siempre han tenido todos los países es al mismo tiempo un desaliento para conocer más sobre ellos. La historia “universal” no hace escalas en el continente negro.

Por lo tanto, ¿qué se puede decir de Ghana? Para empezar que la historia independentista de África le debe mucho a ese pequeño país y a Kwame Nkrumah. Fue allí donde se sembró la semilla de la libertad y donde inició el movimiento de independencia bajo el liderazgo de este filósofo y político panafricanista. Sin embargo, la historia a partir de allí es la repetición de un patrón común en donde los líderes se convierten en presidentes corruptos para dar paso a largas dictaduras que, hasta finales de siglo, serán relevadas en un intento por democratizar las instituciones.

Entonces ¿qué es ser ghanés? Considero que no hay mejor forma para conocer la mentalidad de cualquier sociedad que preguntando a sus mismos  pobladores. Para los más liberales, existe un concepto de cohesión y no existen diferencias entre tribus que impidan el acercamiento de las mismas, la interconexión y los matrimonios entre tribus. Para la gran mayoría, esa actitud es minoritaria y las diferencias continúan siendo grandes fuentes de dolor.

Regresamos al inicio. ¿Negro, africano, ghanés, Akan  o Ashanti…? Ser ghanés es, por el momento, el distintivo de algunos pocos que se identifican con las fronteras, instituciones y símbolos que se han creado después de la independencia y que pretende unificar a todas las tribus bajo una misma idea.

El fútbol es, como en casi todos los países africanos, un pegamento social que, por determinado tiempo, aleja los demonios nacionalistas y eleva el patriotismo como fuerza reivindicadora en la larga espera por encontrar un significado. Akan, Moshi-Dagomba, Ewe, Ga y todas las setenta y cinco diferentes etnias que se distribuyen en un mismo territorio comienzan a tener un sueño en común gracias al fútbol. El pasado es un recuerdo, el presente se juega en Sudáfica, el futuro es el sueño de una única nación.

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